miércoles, 9 de julio de 2014

"Gato Negro vs. Gato Blanco"


Nunca me había agradado el inquilino de la casa trasera. Era un tipo siniestro y solitario que vivía quejándose del maullar de mi gato Claudio, a pesar de que el pobre apenas si podía emitir algún que otro graznido avejentado. El tipo, Parodi se llamaba, un día habló con mi vieja y le advirtió sobre el maullido supuestamente molesto del animal: “O calla ese gato, o me voy de aquí y busco otro departamento”.

En ese entonces las cosas estaban muy difíciles en el país. La gente no tenía trabajo, y nuestra única fuente de ingresos provenía del alquiler del departamento de atrás. Parodi era un hombre difícil, pero pagaba religiosamente, y eso, para mi madre, era muchísimo más prioritario que el incierto destino de Claudio. “Mañana llevaremos al gato a la granja de tus abuelos”, me dijo a la noche, mirándome fijo a los ojos. “Podrás verlo cuando vayamos a visitarlos”. No me quedó más remedio que aceptar, aunque me acosté con los ojos hinchados por el llanto. A la mañana siguiente, cuando me levanté para buscarlo y meterlo en la jaula, el gato estaba tieso sobre las losas del patio.